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Vejada
No muy lejos está la puerta. A medida que camina se acerca a ella. Fernando no se siente muy confiado, pero parece conocer el camino y saber hacia dónde se dirige. La oscuridad del pasillo y la ansiedad lo angustian, por eso decide apurar el paso para atravesar esa maldita puerta lo antes posible.
Tan sólo segundos después, está frente a ella. Al fin ha alcanzado la puerta. Fernando pensaba que estaba determinado a abrirla, pero llegado el momento se contiene y duda. Vacila.
…
Empuja suavemente la puerta con la mano derecha. Desde afuera ve pura oscuridad. Toma coraje y atraviesa la entrada. Ya está en el salón.
Apenas puede ver a su alrededor. Con dificultad divisa una pequeña mesa de madera, con una silla. El lugar es lúgubre y lo llena de pesadumbre. Compunción invade su alma, Fernando está al borde del colpaso. Entra en una vorágine de sentimientos violentos, se marea, vomita. Pero sobre todo, llora. Hasta que algo capta su atención.
Lágrimas golpean el suelo. Un sollozo proviene desde un rincón del cuarto. Fernando se reincorpora, y mira hacia el rincón. Una figura humana llora. Ella está tirada en el suelo, su respiro se entrecorta con el llanto. Fernando no lo puede creer.
Desesperado se acerca a la mujer, y le dice con firmeza: “¡Miriam! ¡Miriam! ¡Miriam!”. Miriam lo escucha, pero no lo mira. Fernando la toma por los hombros con sus manos, y le vuelve a llamar: “¡Miriam! ¡Miriam!”
Miriam no para de llorar. Lo mira a los ojos, y pregunta: “No lo entiendes, ¿no?”. Ante esas palabras, Fernando está desconcertado. “¿Entender qué, Miriam?”, pregunta. “No lo entiendes”, Miriam se lamenta.
“No te has dado cuenta, ¿verdad?”, ella dice.
“Miriam, ¿darme cuenta de qué? ¡De qué!”, él dice.
Miriam: “De que yo…”
Fernando: “Tú, qué!?”
Miriam: “Que yo soy…”
Fernando: “Tú eres qué!?!”
Miriam toma fuerzas. Deja de llorar. Y con las pocas energias que le restan, se pone de pie. Mira al cielo, eleva los puños y grita con fuerza: “¡Yo soy la libertad!”.
1 comment Noviembre 15, 2008